“La
Crisis”, una oportunidad para la Democracia.
Existe un concepto generalmente aceptado según el cual, de
las malas experiencias se pueden obtener enseñanzas positivas de tal manera que
incluso es posible reconvertirlas, por la vía del aprendizaje, en menos malas o
incluso buenas, a largo plazo.
Tras cuatro años de crisis económica, con una perspectiva en
la que no se llega a ver ni de lejos la salida y ni tan siquiera el fondo del
pozo en el que nos han metido, con la carga soportada de recortes salariales,
incremento de horas de trabajo de aquellos que lo tienen, aumento de los
impuestos, proliferación de impagos, por no hablar de los dramas personales y
familiares de todos cuantos han perdido su empleo o han tenido que cerrar su
negocio, resulta difícil hablar de oportunidades.
Pero la crisis económica y social por la que atraviesa
España, puede hacer que muchas conciencias despierten del sueño de vivir en una
democracia y por fin caigan en la cuenta de que el sistema político instaurado
tras la transición es tan solo un régimen de libertades, debidamente tuteladas,
pero no un sistema esencialmente democrático.
Lo que hace unos pocos años suponía introducir un concepto
desestabilizador y antidemocrático, hoy gracias primero al comportamiento que
están ofreciendo los distintos poderes del Estado (Rey y familia, Banco de
España, Gobiernos autonómicos, CGPJ y Tribunal Constitucional, por citar alguno
de los más ejemplares) y después a la obligada revisión de todos los dispendios
económicos realizados en sufragar entes, organismos e instituciones, “pilares
de la democracia” que hemos venido costeando entre los de siempre, ahora, que
pasa por ser un acto de disciplina presupuestaria, tenemos que aprovechar el
momento.
La crisis económica ha desembocado ya en una crisis social y
política en la que todo está o debería estar, sujeto a revisión. Desde la
concepción del estado como monarquía, la definición del estado de las
autonomías, el control del poder judicial, el sistema electoral, el papel los
partidos políticos, todo ha de pasar por un examen y nueva definición.
Y al minuto siguiente de poner la lupa sobre nuestras
instituciones nos daremos cuenta de que el primer problema a resolver es si
queremos que dos personas sigan gobernando el país sin que nadie las haya
elegido para semejante empresa, o instauramos un nuevo sistema en el que los Secretarios de
Organización de los dos principales partidos políticos no lleguen a detentar tanto
poder.
En toda la etapa “democrática” (adjetivo bajo revisión), las
decisiones, nuestras decisiones, las han tomado los gobernantes de los dos
partidos políticos. Nos concedían la ilusión de hacernos creer que una vez cada
cuatro años, teníamos algo que decir, pero lo cierto es que han sido ellos quienes
han decidido quién gobernaría a los jueces, quién formaría el tribunal
constitucional, qué se investigaría (fiscalía) quién estaría al mando de las
Cajas de Ahorros, quién las controlaría (Banco de España), qué teníamos que ver
en la TV pública, a quién, qué y de qué forma teníamos que votar, quien iba a
dirigir la comunidad autónoma, el ayuntamiento o la Diputación y quien quedaba
fuera de ese reparto de poder. Aquel que controlaba el poder del partido (unos
en el gobierno del estado, otro en los gobiernos regionales) lo controlaba todo.
Y evidentemente no eran ni son las manos más capaces, pues a
ninguno se le reconocen méritos como para depositar en ellos la
confianza para el desempeño de tales responsabilidades. Ingenuamente podríamos
pensar que, si se tratara de nuestro dinero no se lo dejaríamos administrar ni
cinco minutos, y sin embargo lo hemos hecho durante años, no con el nuestro, pero
si con el de todos.
La ocasión no volverá a presentarse en otros treinta años y debemos reclamar la regeneración democrática para que los gobernantes sean elegidos de forma directa por los ciudadanos y el sistema democrático tenga su base en la decisión popular, en el control de un poder sobre otro (inexistente en nuestro país) no en la elección de listas y cargos de un partido, sea el que sea.
La
independencia en la administración de las instituciones, frente a la sumisión
partidista, no puede esperar y no puede quedarse al margen de la revisión que
impone la crisis económica y social. La limitación de mandatos, la rendición de
cuentas, personal y directa ante los electores de la gestión realizada, sin la
cobertura de la lista y maquinaria del partido y una justa retribución por el
servicio público temporalmente prestado, deben sustituir a la
institucionalización del servicio al partido como carrera profesional, a la
hipocresía de las sucesivas reelecciones como garantía de buen gobierno y a la
bendición del electorado a gestiones demenciales tras pasar por unas urnas en
las que todo está decidido.
Someter a examen la financiación de los partidos políticos y
el sistema electoral no sería mal comienzo regenerador, pero, cuidado, habremos
abierto la caja de los truenos !!
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