lunes, 30 de abril de 2012


Una generación desorientada.


          Todos aquellos que estén rondando los cincuenta años de edad, por arriba o por debajo de esa cifra, pertenecemos a una generación que podemos sin lugar a duda considerar como afortunada, pues se trata de un grupo de españoles a los que, en líneas generales, la vida nos ha tratado hasta la fecha, bien y en ocasiones, muy bien.

          Somos hijos de aquellos que guardan en su memoria el recuerdo lejano, pero siempre presente, de la cruenta contienda civil del año 39; hijos de quienes afrontaron los duros años de la posguerra y acometieron la modernización de un país desolado; de los que se ilusionaron con la Vespa primero y el 600 después; de los que no se lo podían creer cuando disfrutaron de sus primeras vacaciones de verano; de los que no pudieron estudiar pero eran más listos que el hambre; de los verdaderos protagonistas de la transición de un régimen dictatorial a uno de libertades.

          Esos padres, los nuestros, procuraron facilitarnos toda clase de comodidades; todas aquellas que sus salarios, rentas y ahorros, ponían a su alcance. Constituían la clase media que, en los años 60, empezaba a desarrollarse y a consumir, dejando atrás los años de pobreza, autarquía y escasez.

          Pertenecemos pues a una generación que, no sabe lo que es una guerra ni una dictadura, más allá de la lectura y los documentales. Una generación que no solo no ha pasado hambre sino que ha disfrutado de una rica y variada alimentación, que ha conocido los mercados y supermercados con sus estantes abastecidos hasta rebosar de productos que estaban a nuestro alcance. Hemos disfrutado de los períodos de vacaciones familiares con toda normalidad, como si la vida siempre hubiera sido así y se tratara de una conquista social más. No hemos conocido otra limitación para estudiar una carrera que no fuera nuestra falta de capacidad. Hemos desarrollado nuestra profesión durante años en un ambiente general de trabajo que ha facilitado el desarrollo de todas nuestras capacidades, lo que nos ha permitido el acceso a muchos bienes antes solo reservados para las clases más adineradas. Somos la generación para la que, viajar se ha convertido en una actividad más de nuestras vidas. Hemos visto cómo los viajes al paraíso caribeño han pasado de ser un sueño irrealizable, a estar a nuestro alcance primero, pasar a compartir ese sueño con muchos otros después, para terminar considerándolo un destino masificado. Somos la generación que más ha disfrutado de la tecnología, desde la Televisión, el tocadiscos, el video pasando al DVD, el ordenador para llegar a la telefonía en todas sus aplicaciones. Así hemos vivido y nada parecía que pudiera hacerlo cambiar.

          No contábamos con la crisis. Así como nuestros padres, a pesar de haberse labrado, con duros esfuerzos, un mayor bienestar, no habían perdido de vista la referencia del hambre y la necesidad, nosotros nos encontramos completamente desorientados ante este duro período de recortes y ajustes que nos toca vivir. Esto no lo esperábamos, nadie nos había dicho que podía pasar y vivíamos en el mejor de los mundos, el mundo occidental desarrollado en el que todo era posible.

Ahora tenemos que asimilar que los ingresos que hasta ahora nos han permitido vivir con esa comodidad, pueden caer o incluso agotarse hasta desaparecer. Tenemos que hacernos a la idea de que los viajes que ponían el mundo a nuestros pies, en líneas aéreas “low cost”, ya no son para nosotros y debemos renunciar a ellos, convirtiendo de nuevo el Caribe, en paraísos tan solo soñados. La fuerza de los hechos no hará ver que no podemos seguir perteneciendo a tantos clubs, organizaciones y asociaciones, cuyas tarjetas pueblan nuestras carteras y que nos facilitaban la ocupación de nuestro tiempo de ocio mediante el pago de verdaderas fortunas en pequeñas cuotas. Debemos admitir que no vamos a cambiar de coche en mucho tiempo y que los puentes son para pasarlos en casa, viendo una película en familia y no haciendo turismo interior en hoteles de cuatro estrellas, que han dejado de estar a nuestro alcance.

          Pero llegar a ese estado de reflexión, conocimiento y asunción de la verdadera situación que nos espera, es un proceso que nos cuesta mucho, por que nuestro desarrollo intelectual no estaba preparado para asimilar los términos “crisis, recesión, paro o despido” que nos eran lejanos cuando no desconocidos. Es un proceso interior lento, como lo son los ajustes económicos, por el que cada uno debemos transitar hasta asumir cual es la realidad de la economía familiar y cuales son nuestras verdaderas capacidades para adaptar a ellas nuestro nuevo estilo de vida. Y tenemos la añadida responsabilidad de hacérselo entender a nuestros hijos, quienes cuentan con la desventaja de que han vivido en un mundo todavía más repleto de comodidades y satisfacciones de todo tipo que las que nosotros recibimos de nuestros padres, pero cuentan con la ventaja de que el tiempo corre a su favor y son más permeables, por su juventud, a asumir nuevas situaciones que les vienen impuestas. No será fácil que pasen de fiestas de cumpleaños y Reyes con toda clase de regalos que no les hacían la menor ilusión a la austeridad de heredar los regalos de los hermanos mayores. Pero todo llegará y a todo se acaba haciendo uno.

          Y no debemos emplear demasiado tiempo en orientarnos con la nueva situación pues a esta generación le queda la responsabilidad de trabajar para salir del problema y dejárselo solucionado o en vías de solución a la siguiente, que nos ha de coger el relevo. Así pues, manos a la obra pues toca reflexionar, ajustar y una vez concientes de nuestras verdaderas capacidades, a continuar con la vida que nos ha tocado vivir.