Ni trabajo ni cine ni libros ni
...
En
un país de cuarenta y siete millones de habitantes, el pasado fin de semana tan
solo pasaron por la taquilla de un cine poco más de quinientos mil
espectadores. No hace mucho, a escasos minutos de comenzar una proyección, solo
estábamos dos personas en la sala, cuando entraron otras dos; lo que pudo ser
una proyección particular terminó siendo para cuatro espectadores, un lujo
demasiado caro. Actualmente hay menos de la mitad de salas abiertas que en 2003. Con estas cifras, no nos debería extrañar la próxima
desaparición de las salas comerciales en nuestras ciudades. Y entonces, lo
lamentaremos, al menos unos pocos.
En
épocas anteriores de crisis, los cines y los parques daban acogida a todos
cuantos querían pasar un buen rato y distraerse. Pero ahora mientras los
parques siguen, a duras penas mantenidos, siendo cobijo de paseantes sin oficio
ni rumbo, los cines se han vaciado.
A
muchas causas se puede atribuir el declive de la asistencia a las salas de
proyección; que si están lejos del centro, que si es caro, el IVA, que si el
cine español es malo, que no se tiene tiempo etc... pero lo cierto es que
asistimos a su declive y lenta agonía, que ya se veía venir con claridad cuando
se autorizó la venta de bebidas, palomitas y chucherías que, no nos engañemos,
son a buen seguro el actual débil sustento de su facturación y de su supervivencia
asistida. Es “la subvención” de la Coca-cola la que los
está manteniendo.
Y
paradójicamente ello ocurre cuando disfrutamos de las salas más cómodas que
podíamos imaginar y con los mejores medios de proyección y sonido, que hacen de
ver una película una experiencia, que no es en absoluto comparable a la calidad
de la televisión ni mucho menos el ordenador, Ipads o teléfonos.
Con
los libros y la lectura ocurre algo parecido; las librerías van a desaparecer.
No ha hecho falta una brigada de bomberos antilibros como la de Fahrenheit 451
(François Truffaut 1966) pues la
relajación cultural primero e Internet después les están haciendo su trabajo de
eliminación.
Durante los
últimos años, he tenido que visitar muchas viviendas por motivos profesionales,
hogares de todo tipo y condición y siempre me llamaban la atención sus salones,
perfectamente decorados, con muebles con los que los propietarios pretendían
lucir su gusto por la decoración, pero con las bibliotecas vacías o lo que es
peor, llenas de fotos y figuras inertes, de recuerdos de viajes, pero ni un
solo libro y en el mejor de los casos, alguna que otra enciclopedia de
suscripción semanal “regalada” por algún periódico, que no ejercía otra función
que la de completar la decoración, como hacen ahora los Aranzadis de mi
biblioteca profesional. La desaparición de los libros de nuestras casas es, en
general, total y absoluta. Y de ello no solo es culpable Internet y las
descargas de libros gratuitas.
En
mi entorno personal y generalizando, las personas con las que convivo a diario,
no van al cine y tampoco leen; tienen tiempo y medios económicos suficientes para
lo uno y lo otro, pero no está en su lista de actividades de ocio. A este paso,
con ir al cine de vez en cuando ya serás un cinéfilo y con haber leído un libro
hace algún tiempo, serás etiquetado como intelectual. Las conversaciones o bien
giran sobre temas profesionales o deportivos y terminan indefectiblemente
hablando de terminales digitales, aplicaciones o equipos de última generación.
La
sociedad siempre está en cambio y evolución y probablemente la que se
viene imponiendo tendrá sus elementos de
ocio dirigido a un consumo individualizado, en compartir determinados videos,
twits y otros mensajes a través de redes cada vez más ágiles y rápidas, pero
con nula aportación cultural, pues se olvidan con la misma velocidad que se
consumen. Es muy probable que decaiga de forma alarmante la producción
literaria y cinematográfica, que quedará reservada para canales de distribución
por suscripción y pago al que muy pocos podrán acceder.
Tenemos
todos los medios a nuestro alcance pero no vamos por buen camino; no a mucho
tardar jóvenes y adultos nos sorprenderán buscando en Google palabras como “erudito”
o quien fue ese Truffaut del que antes hablé, pero que nadie se alarme, sin
duda encontraran la respuesta y será en milisegundos.


