martes, 23 de abril de 2013


Ni trabajo ni cine ni libros ni ...


            En un país de cuarenta y siete millones de habitantes, el pasado fin de semana tan solo pasaron por la taquilla de un cine poco más de quinientos mil espectadores. No hace mucho, a escasos minutos de comenzar una proyección, solo estábamos dos personas en la sala, cuando entraron otras dos; lo que pudo ser una proyección particular terminó siendo para cuatro espectadores, un lujo demasiado caro. Actualmente hay menos de la mitad de salas abiertas que en 2003. Con estas cifras, no nos debería extrañar la próxima desaparición de las salas comerciales en nuestras ciudades. Y entonces, lo lamentaremos, al menos unos pocos.

            En épocas anteriores de crisis, los cines y los parques daban acogida a todos cuantos querían pasar un buen rato y distraerse. Pero ahora mientras los parques siguen, a duras penas mantenidos, siendo cobijo de paseantes sin oficio ni rumbo, los cines se han vaciado.

            A muchas causas se puede atribuir el declive de la asistencia a las salas de proyección; que si están lejos del centro, que si es caro, el IVA, que si el cine español es malo, que no se tiene tiempo etc... pero lo cierto es que asistimos a su declive y lenta agonía, que ya se veía venir con claridad cuando se autorizó la venta de bebidas, palomitas y chucherías que, no nos engañemos, son a buen seguro el actual débil sustento de su facturación y de su supervivencia asistida. Es “la subvención” de la Coca-cola la que los está manteniendo. 
            Y paradójicamente ello ocurre cuando disfrutamos de las salas más cómodas que podíamos imaginar y con los mejores medios de proyección y sonido, que hacen de ver una película una experiencia, que no es en absoluto comparable a la calidad de la televisión ni mucho menos el ordenador, Ipads o teléfonos. 

             Con los libros y la lectura ocurre algo parecido; las librerías van a desaparecer. No ha hecho falta una brigada de bomberos antilibros como la de Fahrenheit 451 (François Truffaut  1966) pues la relajación cultural primero e Internet después les están haciendo su trabajo de eliminación.

Durante los últimos años, he tenido que visitar muchas viviendas por motivos profesionales, hogares de todo tipo y condición y siempre me llamaban la atención sus salones, perfectamente decorados, con muebles con los que los propietarios pretendían lucir su gusto por la decoración, pero con las bibliotecas vacías o lo que es peor, llenas de fotos y figuras inertes, de recuerdos de viajes, pero ni un solo libro y en el mejor de los casos, alguna que otra enciclopedia de suscripción semanal “regalada” por algún periódico, que no ejercía otra función que la de completar la decoración, como hacen ahora los Aranzadis de mi biblioteca profesional. La desaparición de los libros de nuestras casas es, en general, total y absoluta. Y de ello no solo es culpable Internet y las descargas de libros gratuitas.

            En mi entorno personal y generalizando, las personas con las que convivo a diario, no van al cine y tampoco leen; tienen tiempo y medios económicos suficientes para lo uno y lo otro, pero no está en su lista de actividades de ocio. A este paso, con ir al cine de vez en cuando ya serás un cinéfilo y con haber leído un libro hace algún tiempo, serás etiquetado como intelectual. Las conversaciones o bien giran sobre temas profesionales o deportivos y terminan indefectiblemente hablando de terminales digitales, aplicaciones o equipos de última generación.

            La sociedad siempre está en cambio y evolución y probablemente la que se viene  imponiendo tendrá sus elementos de ocio dirigido a un consumo individualizado, en compartir determinados videos, twits y otros mensajes a través de redes cada vez más ágiles y rápidas, pero con nula aportación cultural, pues se olvidan con la misma velocidad que se consumen. Es muy probable que decaiga de forma alarmante la producción literaria y cinematográfica, que quedará reservada para canales de distribución por suscripción y pago al que muy pocos podrán acceder.

            Tenemos todos los medios a nuestro alcance pero no vamos por buen camino; no a mucho tardar jóvenes y adultos nos sorprenderán buscando en Google palabras como “erudito” o quien fue ese Truffaut del que antes hablé, pero que nadie se alarme, sin duda encontraran la respuesta y será en milisegundos. 

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