En el nombre del Rey
Todos han de pasar por una fuerte oposición, que en muchas
ocasiones produce la injusticia (buena la paradoja) de dejar fuera de la
profesión dedicada a impartirla, a cabezas muy capaces de bien razonar pero
menos dotadas para memorizar; todos soportan un carga de trabajo que
probablemente no tiene comparación con la de titulados de otras
administraciones; todos realizan un servicio público muy poco valorado
y en condiciones de falta de medios; todos ven sometido su trabajo a la crítica, ya sea documentada o hecha con ligereza.
Pero los jueces ejercen una función esencial,
la de juzgar y hacer cumplir lo juzgado, cumpliendo así con un mandato
constitucional y lo hacen como parte del pueblo, del que emana la justicia que
aplican y siempre en nombre del Rey (art. 117 CE).
Pese a que no se trata de un poder en
absoluto independiente, pues su cúpula está gobernada por los partidos
políticos -que dominan igualmente el legislativo y el ejecutivo- si realizan
una tarea diaria basada en la independencia de las partes a las que juzgan y
con la suficiente distancia de los conflictos que son sometidos a su criterio y
análisis jurídico, para garantizar su imparcialidad. Y lo hacen juzgando y
sentenciando en nombre del Rey, pues es el Rey quien en última instancia, por
encima de cada uno de los tres poderes, abre el Parlamento, sanciona leyes y
dicta sentencias.
Pues bien, no se qué pasará por la
cabeza del Juez Castro, de Palma de Mallorca, cuando tenga que poner el próximo
Auto o Sentencia en su Juzgado y lo haya de hacer, en nombre o sustitución de
aquel que se ha declarado sorprendido por el último de ellos, precisamente el
Auto en el que el magistrado acuerda la citación de la Infanta Cristina para declarar como imputada
en el caso ”Urgandoahí “ por haber
observado suficientes indicios de criminalidad en su actuación. Y no se qué
pensaran sus compañeros de todo el país, que mirarán con envidia al Ministerio
Fiscal que ha pasado a gozar en exclusiva, dentro del grupo de colaboradores en
la administración de justicia, del favor real. La toma de posición de la
Casa Real frente a un juez y a favor de un
fiscal, supone su alineamiento con una de las partes en litigio, todo lo
contrario al respeto a la independencia del juez para que pueda desarrollar su
función y dictar Autos y Sentencias con garantías, fundados en derecho y en su nombre.
Seguramente debe pensar, o al menos yo lo haría, que aquel que, por ostentar la más alta responsabilidad del Estado, debía permanecer independiente en todos y cada uno de los pleitos que juzgan, se está comportando como lo haría un vulgar padre de familia en cuanto el asunto ha ido con uno de los suyos. Y no es que el Rey Juan Carlos no pueda ser padre de familia y defender a su prole, pero no como Jefe de Estado y menos como Rey pues, precisamente lo antinatural de la institución monárquica hace que deba estar por encima de ese interés paterno filial, la defensa del interés general y de la institución que representa y para eso fue educado.
El fundamento de la monarquía
parlamentaria en nuestra Constitución está en su neutralidad y en su no
intervención, más allá del protocolo. Pero si el Rey quiere pasar a actuar como
padre, a tomar partido, a dejar de guardar distancias y poner toda la carne en el
asador apoyando al fiscal y sometiendo a presión a la Audiencia Provincial
–que quieran o no ya conocen el posicionamiento público de la
Casa Real- olvidando así su alta
responsabilidad, solo le queda un camino. Y para comportamientos como éste,
para tanto como eso, no hace falta Monarquía, con una República regular nos
apañamos.
En el mes de octubre de cada año es
el Rey quien preside la apertura del año judicial y lo hace vistiendo la toga y
el Gran Collar de la Justicia
-pues así se llama la condecoración que luce- haciendo gala y honores de ser el
primero de los españoles, también entre los magistrados.
Pero antes de que ese día llegue y
tenga que verse sentado entre los jueces cuyos Autos le han parecido tan
sorprendentes y con independencia de lo que resuelva la Audiencia de Palma de
Mallorca sobre la imputación de su hija, deberemos haber oído, de nuevo, un “Lo siento, me he equivocado” pues si
grave fue lo de irse a cazar elefantes a África, en distinguida compañía, en
plena crisis económica y con medio país parado, no tiene parangón con la
metedura de pata de tomar partido frente a un Auto judicial, dejando al juez que instruye la causa de su yerno y seguramente de su hija, a los pies de los caballos.
Fallar es de jueces y rectificar de
sabios y por lo que se ve, de reyes.


Edu: pides demasiada sensatez, talento y capacidad a un borbón, acostumbrado como todos ellos a pensar con la cabeza, pero no la que protege masas cerebrales, sino apéndices utilizados para mantener coronas hereditarias.
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