viernes, 18 de mayo de 2012


¿De qué se ríen?


         Mientras las nubes negras y el pesimismo campan por toda la geografía nacional, invadiendo tertulias de amigos, comidas familiares, periódicos y programas de televisión, hay gente que, muy al contrario, parecen tener motivos para la alegría y la diversión, para las sonrisas, risas e incluso, carcajadas. 

         Y vaya si nos gustaría saber cual es el motivo de su felicidad para poder imitarles y así ser tan dichosos como ellos, en estos momentos en que tanto lo necesitamos.

         Así ocurre con el grupo de directivos que, con motivo de la fusión de varias cajas de ahorros, no hace mucho se fotografiaron dejando prueba para las generaciones futuras de un hecho tan gozoso como suponía el nacimiento de “BANKIA”.

         A la luz de la evolución posterior de este magma financiero, podemos intentar elucubrar cuales eran los motivos de las risas de los altos responsables de las cajas que se agrupaban.

         Muy probablemente se reían de los directivos de La Caixa a los que habían dado un sonoro portazo, no fuera a ser que pretendieran asumir con la fusión, los cargos directivos para ellos reservados.

         A buen seguro que se reían de la cantidad de activos tóxicos derivados de préstamos al suelo de promotores, que todos tenían en sus bodegas y que en ese momento traspasaban a la nueva entidad, lavándose las manos.

Pienso que se reían de todos los cargos políticos, sindicales y empresariales de sus consejos de administración, que habían aprobado las fusiones sin, no ya dimisión, sino  la más mínima oposición.

Es seguro que se reían de la Ministra de Economía, que como máxima responsable ante los ciudadanos de las decisiones económicas, impulsó y consintió la creación de semejante trasnformer financiero que ocultaba en las entrañas una metástasis, que corría imparable por todos sus activos.

No sería descabellado pensar que se reían de la gran cantidad de jubilados, ahorradores y pequeños inversores, que habían caído en sus trampas de productos altamente tóxicos, como las participaciones preferentes o deudas subordinadas.  

Pudiera ser también que se reían y era motivo de tanta felicidad, el recordar a los que les precedieron en el cargo y a otros compañeros de fatigas y aventuras financieras al mando de otras cajas, que con peor suerte que ellos, esperan el resultado de su procesamiento.

En algún momento se podría llegar a pensar que se reían de los presidentes de las respectivas comunidades autónomas –de todos los colores- a quienes tan bien habían servido y que tanto les animaron a crecer y multiplicarse financiando proyectos sin control, utilidad ni justificación.

Que se reían del Gobernador del Banco de España, es una posibilidad que gana enteros a la vista de la supervisión que, sobre semejante unión y otras, había realizado.

Tampoco habría que echarle mucha imaginación para suponer que se reían al recordar las enormes cantidades que mes a mes, consejo a consejo, dieta a dieta e indemnización tras indemnización, pasaban de los fondos de las cajas a sus cuentas corrientes, como retribución bien ganada por tantos años de actividad política y servicios prestados a los partidos.  

         Sin embargo todo eso no serían más que suposiciones y malos pensamientos fruto de la envidia y el resentimiento; lo verdaderamente cierto es que se reían….DE NOSOTROS.                    

viernes, 11 de mayo de 2012


El cuarto poder.


          La semana pasada la revista Hola publicó una fotografía que, al parecer ha pasado desapercibida y para mi tiene su importancia. Se trata de un reportaje de una modelo -lo cual no es especialmente trascendente ni siquiera para la propia revista- en la que nos exhibe toda su felicidad y la de su pareja por haberse conocido. Hasta ahí, nada de particular, más allá de la dosis de amarillismo que le corresponde.

Pero de este reportaje, destacaba una fotografía, no por su calidad estética, ni por su contenido informativo, sino por revelarnos una extraña cualidad de esta modelo, quien aparecía luciendo tres manos.

No se trata, evidentemente, de una mujer de feria que se gane la vida con su malformación, por mucho que  se exhiba ante el público, sino de un error en el abuso del retoque fotográfico. Parece obvio que el propietario de la tercera mano que aparece en su cintura, sea su compañero sentimental, quien no debería ser del agrado de la redacción y optaron por eliminarle de esa foto. Pero el retocador de señoras, se olvidó de su mano.

Esta semana he esperado ansioso la publicación de la revista y me presté raudo a comprarla en cuanto así me fue sugerido. Esperaba ver una rectificación de la dirección por el fallo cometido. Nada de nada.

Recuerdo que cuando era niño, los periódicos publicaban con frecuencia, una sección denominada “fe de erratas” en la que, dando a conocer los gazapos cometidos, se disculpaban por tales faltas ante sus lectores. Ello suponía varias cosas a la vez: en primer lugar la dignidad de una prensa que sabía reconocer los errores y se esforzaba en lograr un trabajo bien hecho; en segundo lugar, la alta consideración en que se tenía a los lectores, al dar por supuesto que habían advertido el error y era obligada la disculpa; y en tercer lugar la búsqueda de la verdad en la información, de la que la errata era la antítesis.

La prensa se considera a sí misma el cuarto poder después del legislativo, judicial y ejecutivo. Para aspirar a ese puesto de honor hay que ganárselo con objetividad y veracidad en la información, considerada ésta como un servicio público (solo así se puede hablar de un poder) y no mediante engaños y trampas. Da igual que se trate de información rosa, amarilla, deportiva, política o económica, pues todas están en las mismas manos que adoptan esas decisiones, y lo cierto es que se trata de prensa de gran tirada y máxima audiencia, que se permite la licencia de alterar la realidad y variarla a su antojo.

De siempre se ha dicho que una imagen vale más que mil palabras. Ahora ya no. Las caras no son lo que nos muestran; no podemos fiarnos ni de las narices ni de las tripas, ni de las faltas en el área o fuera de ella, ni de una gran fotografía de una cornada o de la presencia de una persona en determinado acto, pues estamos padeciendo una continua alteración de la realidad al servicio de  las ventas y eso no es poder, ni primero ni cuarto, es manipulación y fraude.
Es cierto que en ocasiones se producen efectos ópticos que nada tienen que ver con la realidad que captó la cámara, pero una cosa son las ilusiones visuales fruto de la casualidad, la oportunidad o el genio artístico del fotógrafo y otra muy distinta la falsificación artera.

La fotografía de un periodista en muchas ocasiones ha sido prueba de cargo en procedimientos judiciales, pero nadie se va a fiar de tal medio probatorio cuando es, con tanta facilidad e impunidad, alterado. 

Visto que no se puede esperar la rectificación, la solución deberá darla el gran público que hoy está en internet. Solo la mofa y befa al nivel planetario que se alcanza a través de la red, de tales noticias chuscas y grotescas, puede acabar encontrando el último átomo de vergüenza de sus autores como para que no se les ocurra volverlo a hacer, por que lo de pedir disculpas por agresiones tan burdas como la de la mujer de las tres manos, ya no se no se va a lograr ni siendo Trending Topic.

           



           

sábado, 5 de mayo de 2012


El precio de la irresponsabilidad.


          En el tránsito de la dictadura a la democracia, mediados los años 70 del siglo pasado, la clase política propuso a los españoles si esa evolución se debía hacer mediante una reforma paulatina del sistema o mediante la ruptura total con todo lo anterior. La idea de la reforma se impuso a través de la aprobación primero por las Cortes y después por el 80% del electorado en referéndum, de la Ley para la Reforma Política de 1977. Uno de los pilares en que se basaba la reforma frente a la ruptura era el inicio de un proceso constitucional que, sin abolir expresamente las leyes Fundamentales, diera paso a un nuevo sistema político. En definitiva, se trataba de pasar de un sistema a otro sin ajustar cuentas, sin derogar de golpe todo lo pasado y hacerlo en un proceso evolutivo.

          No se trata de entrar a juzgar si fue o no acertado; quienes tuvieron derecho a voto así lo decidieron de forma mayoritaria. Pero lo que si es cierto es que esa decisión de no ajustar cuentas, de evitar aplicar los principios del derecho a cuantos los habían transgredido, tenía una justificación; había un interés general en no mirar atrás, en cerrar los ojos frente al pasado reciente y canalizar la iniciativa social y política en construir más que en revisar.

          Hoy nos encontramos en un nuevo tránsito, esta vez de un sistema económico capitalista a otro desconocido; intuimos que es un sistema de reparto de penas más que de alegrías, de recortes más que de subvenciones. Pero como sucedió en los años 70 existe un acuerdo tácito de no mirar atrás, de no analizar y enjuiciar (en el más amplio sentido del verbo) por qué y sobre todo, gracias a quien, hemos llegado a esta situación. Nadie tiene interés en ajustar cuentas. Y no lo entiendo.

          Si me encaja en la clase política pues, quien más quien menos ha gobernado con suficiente poder, ya sea general, autonómico o municipal, como para ser corresponsables, por acción o por omisión, del despilfarro y desfalco total de nuestras arcas. Todos ellos, desde sus más ilustres representes hasta aquellos que deben su cargo y puesto de trabajo a una designación arbitraria en lugar de los méritos, todos tienen motivos para no moverse. Baste recordar el bochornoso incidente, sin investigar, del pago de 3% de comisiones en la Generalidad de Cataluña, los casos de corrupción en los ayuntamientos de la comunidad de Madrid, los de Marbella, Baleares, Valencia, Andalucía etc…  

          Ellos, los políticos, han encontrado la absolución (sean o no creyentes) en las urnas, como si el sistema electoral que tienen a bien concedernos, permitiera la más mínima crítica o censura política. Ya puede un político haber dilapidado el dinero de los contribuyentes en aeropuertos inútiles, que bajo las siglas de tal o cual partido, saldrá bendecido. No tienen las agallas para dar al pueblo un proceso electoral al que concurran sin el cobijo de las listas, ni de las siglas, en el que cada candidato tuviera que rendir cuentas de su gestión, de la suya y no la del partido, cada cuatro años ante quienes le votaron. De ellos no debemos esperar nada.

          Pero de quien si cabe esperar más es de la sociedad civil, de los ciudadanos, de los que votamos (o no) de los que pagamos y de los que asistimos a este cambio sin participar en él.

          Nos estamos limitando a ser meros espectadores cuando deberíamos ser protagonistas. Frente a la pasividad en la rendición de cuentas deberíamos ser beligerantes en reclamar que, por los juzgados empezara a pasar tanto director general de tanto califato, que ha sido responsable de autorizar o consentir que el dinero que poníamos en sus manos, fuera mal administrado -lo que sería una falta de torpeza- cuando no deliberadamente saqueado de los presupuestos, lo que constituye delito.

          Mientras contemplamos cómo tenemos que dedicar tiempo, esfuerzo y más y más dinero a salvar a los bancos, que según nos dicen son los responsables pero también son la solución, consentimos que nadie de las denominadas autoridades monetarias de nuestro país, no ya de explicaciones ante los tribunales, sino que ni tan siquiera exigimos su dimisión de tal manera que, quien ha sido el máximo responsable de la desregularización bancaria y consentidor del “préstamo total” sigue en el cargo, dando lecciones en lugar ser discreto e irse a su casa.  

          El papel que hemos asumido es el de callar y pagar. Callar por todo y pagar los impuestos establecidos y los por establecer, los céntimos sanitarios, la educación, más IVA, las autopistas, la sanidad, etc… El 15-M pareció ofrecer una luz reivindicativa pero, pronto se apagó. En Islandia, dónde empezó todo, al menos han procesado a su Primer Ministro, por no ver venir la crisis y no adoptar medidas a tiempo para evitar el descalabro. No se trata de coger el Kalashnicof, como nos pedía el jubilado griego que no pudo más y se quitó la vida en la Plaza Sintagma, pero si de exigirnos una mayor rebeldía frente a la pasividad con la que asumimos el resultado de la gran golfada de otros. Al contrario que en la época de la transición, nada justifica esta ley de silencio y perdón con los apandadores que tácitamente, nos hemos impuesto. 

          Decía el Rey que la justicia ha de ser igual para todos, refiriéndose al procesamiento de su yerno. Bien está que se le juzgue, pero la tentación de ensañamiento con semejante aprovechado, puede hacernos perder de vista que, al igual que él hay otros muchos que merecen las mismas penas de escarnio público, de penar procesal y de horas de interrogatorio hasta sacarles toda la verdad, no vaya a ser que, al final, solo el yerno magnífico y otros dos o tres más -si a la jueza Alaya la dejan trabajar- reciban el peso de la ley y ésta no haya sido, como pedía su augusto suegro (aunque en otro sentido) igual para todos. Queda pues, mucho por hacer y aún no hemos aprobado en referéndum ninguna ley de punto final.