El cuarto poder.
La semana pasada la revista Hola publicó una fotografía que, al parecer
ha pasado desapercibida y para mi tiene su importancia. Se trata de un
reportaje de una modelo -lo cual no es especialmente trascendente ni siquiera
para la propia revista- en la que nos exhibe toda su felicidad y la de su
pareja por haberse conocido. Hasta ahí, nada de particular, más allá de la
dosis de amarillismo que le corresponde.
Pero de este reportaje, destacaba una fotografía, no por su calidad
estética, ni por su contenido informativo, sino por revelarnos una extraña
cualidad de esta modelo, quien aparecía luciendo tres manos.
Esta semana he esperado ansioso la publicación de la revista y me presté
raudo a comprarla en cuanto así me fue sugerido. Esperaba ver una rectificación
de la dirección por el fallo cometido. Nada de nada.
Recuerdo que cuando era niño, los periódicos publicaban con frecuencia,
una sección denominada “fe de erratas”
en la que, dando a conocer los gazapos cometidos, se disculpaban por tales
faltas ante sus lectores. Ello suponía varias cosas a la vez: en primer lugar
la dignidad de una prensa que sabía reconocer los errores y se esforzaba en
lograr un trabajo bien hecho; en segundo lugar, la alta consideración en que se
tenía a los lectores, al dar por supuesto que habían advertido el error y era
obligada la disculpa; y en tercer lugar la búsqueda de la verdad en la
información, de la que la errata era la antítesis.
La prensa se considera a sí misma el cuarto poder después del
legislativo, judicial y ejecutivo. Para aspirar a ese puesto de honor hay que
ganárselo con objetividad y veracidad en la información, considerada ésta como
un servicio público (solo así se puede hablar de un poder) y no mediante
engaños y trampas. Da igual que se trate de información rosa, amarilla,
deportiva, política o económica, pues todas están en las mismas manos que
adoptan esas decisiones, y lo cierto es que se trata de prensa de gran tirada y
máxima audiencia, que se permite la licencia de alterar la realidad y variarla
a su antojo.
De siempre se ha dicho que una imagen vale más que mil palabras. Ahora
ya no. Las caras no son lo que nos muestran; no podemos fiarnos ni de las
narices ni de las tripas, ni de las faltas en el área o fuera de ella, ni de
una gran fotografía de una cornada o de la presencia de una persona en determinado
acto, pues estamos padeciendo una continua alteración de la realidad al
servicio de las ventas y eso no es
poder, ni primero ni cuarto, es manipulación y fraude.
Es cierto que en ocasiones se producen efectos ópticos que nada tienen
que ver con la realidad que captó la cámara, pero una cosa son las ilusiones
visuales fruto de la casualidad, la oportunidad o el genio artístico del
fotógrafo y otra muy distinta la falsificación artera.
La fotografía de un periodista en muchas ocasiones ha sido prueba de
cargo en procedimientos judiciales, pero nadie se va a fiar de tal medio
probatorio cuando es, con tanta facilidad e impunidad, alterado.
Visto que no se puede esperar la rectificación, la solución deberá darla
el gran público que hoy está en internet. Solo la mofa y befa al nivel
planetario que se alcanza a través de la red, de tales noticias chuscas y
grotescas, puede acabar encontrando el último átomo de vergüenza de sus autores
como para que no se les ocurra volverlo a hacer, por que lo de pedir disculpas por
agresiones tan burdas como la de la mujer de las tres manos, ya no se no se va
a lograr ni siendo Trending Topic.
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