viernes, 11 de mayo de 2012


El cuarto poder.


          La semana pasada la revista Hola publicó una fotografía que, al parecer ha pasado desapercibida y para mi tiene su importancia. Se trata de un reportaje de una modelo -lo cual no es especialmente trascendente ni siquiera para la propia revista- en la que nos exhibe toda su felicidad y la de su pareja por haberse conocido. Hasta ahí, nada de particular, más allá de la dosis de amarillismo que le corresponde.

Pero de este reportaje, destacaba una fotografía, no por su calidad estética, ni por su contenido informativo, sino por revelarnos una extraña cualidad de esta modelo, quien aparecía luciendo tres manos.

No se trata, evidentemente, de una mujer de feria que se gane la vida con su malformación, por mucho que  se exhiba ante el público, sino de un error en el abuso del retoque fotográfico. Parece obvio que el propietario de la tercera mano que aparece en su cintura, sea su compañero sentimental, quien no debería ser del agrado de la redacción y optaron por eliminarle de esa foto. Pero el retocador de señoras, se olvidó de su mano.

Esta semana he esperado ansioso la publicación de la revista y me presté raudo a comprarla en cuanto así me fue sugerido. Esperaba ver una rectificación de la dirección por el fallo cometido. Nada de nada.

Recuerdo que cuando era niño, los periódicos publicaban con frecuencia, una sección denominada “fe de erratas” en la que, dando a conocer los gazapos cometidos, se disculpaban por tales faltas ante sus lectores. Ello suponía varias cosas a la vez: en primer lugar la dignidad de una prensa que sabía reconocer los errores y se esforzaba en lograr un trabajo bien hecho; en segundo lugar, la alta consideración en que se tenía a los lectores, al dar por supuesto que habían advertido el error y era obligada la disculpa; y en tercer lugar la búsqueda de la verdad en la información, de la que la errata era la antítesis.

La prensa se considera a sí misma el cuarto poder después del legislativo, judicial y ejecutivo. Para aspirar a ese puesto de honor hay que ganárselo con objetividad y veracidad en la información, considerada ésta como un servicio público (solo así se puede hablar de un poder) y no mediante engaños y trampas. Da igual que se trate de información rosa, amarilla, deportiva, política o económica, pues todas están en las mismas manos que adoptan esas decisiones, y lo cierto es que se trata de prensa de gran tirada y máxima audiencia, que se permite la licencia de alterar la realidad y variarla a su antojo.

De siempre se ha dicho que una imagen vale más que mil palabras. Ahora ya no. Las caras no son lo que nos muestran; no podemos fiarnos ni de las narices ni de las tripas, ni de las faltas en el área o fuera de ella, ni de una gran fotografía de una cornada o de la presencia de una persona en determinado acto, pues estamos padeciendo una continua alteración de la realidad al servicio de  las ventas y eso no es poder, ni primero ni cuarto, es manipulación y fraude.
Es cierto que en ocasiones se producen efectos ópticos que nada tienen que ver con la realidad que captó la cámara, pero una cosa son las ilusiones visuales fruto de la casualidad, la oportunidad o el genio artístico del fotógrafo y otra muy distinta la falsificación artera.

La fotografía de un periodista en muchas ocasiones ha sido prueba de cargo en procedimientos judiciales, pero nadie se va a fiar de tal medio probatorio cuando es, con tanta facilidad e impunidad, alterado. 

Visto que no se puede esperar la rectificación, la solución deberá darla el gran público que hoy está en internet. Solo la mofa y befa al nivel planetario que se alcanza a través de la red, de tales noticias chuscas y grotescas, puede acabar encontrando el último átomo de vergüenza de sus autores como para que no se les ocurra volverlo a hacer, por que lo de pedir disculpas por agresiones tan burdas como la de la mujer de las tres manos, ya no se no se va a lograr ni siendo Trending Topic.

           



           

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